Hace muchos años, Adrián ingresó
a una pequeña escuela.
Le prometieron que tendría
amigos, que jugaría con ellos y que aprendería a leer, “ya no te quedarás
prendido a las fotografías, leerás estos libros gordos que me acompañan desde la
niñez”, le dijo su entusiasmado padre; Adrián lo escuchó sin demostrar interés
alguno, su mirada estaba detenida en el gato que se acicalaba para dormir.
Al cruzar la puerta, su madre lo
dejó acurrucado en el umbral, se encogió como un gusano asustado, la bulla, los
olores desconocidos, las altas ventanas y las preguntas lo acorralaban. Adrián
se refugió en las imágenes que sostenía su mente: las fotografías del bosque,
las canciones de su padre y la oscuridad de las sábanas.
La escuela, ese espacio prometido
de colores y juegos, para Adrián representó un peligro. Nadie hablaba con él,
la profesora solo ordenaba qué hacer, le preguntaba con un lenguaje ajeno, al
no entender qué -en realidad- quería la profesora, sus lágrimas brotaban como
escudos impenetrables ante las insistentes palabras.
En una ocasión, la maestra ordenó
a un grupo de estudiantes que representen el cuento que acababa de leer, la
historia narraba las peripecias de unos payasos que viajaban por el mundo
haciendo reír. Mientras el grupo de niños se organizaba detrás de la puerta
para entrar en escena; ella, tomó la mano de Adrián y lo llevó hasta ellos, “no
me entiendes, a ti también te dije que actúes”, le increpó con voz grave.
Recorrieron el angosto pasillo
que divide los pupitres de varones y mujeres, Adrián no sabía qué tenía que hacer,
siguió a sus compañeros que, de repente, se pusieron a bailar, hacer muecas, a
golpearse entre ellos, entretanto gritaban y se insultaban; con todo, no
lograban que el público, ávido de diversión, suelte algún gesto de júbilo; para
motivarlos, el más grande del grupo, al que todos seguían, ordenó a Adrián
subir a una silla; así lo hizo, los improvisados payasos lo golpeaban y él únicamente
atinaba a mover sus piernas; en eso, decidió dejarse caer, comprendió que era
la única forma de hacer reír a sus compañeros y que adviertan su presencia. El aula estalló en una carcajada rimbombante, confundida
con un mar de aplausos que puso fin a la desordenada puesta en escena. Cuando
Adrián se puso de pie, creyó haber descubierto la fórmula para tener amigos:
simplemente había que hacer lo que los demás esperan de él, “ahora soy como todos”,
murmuró para sí.
Llegó el tiempo del recreo, los niños salieron
corriendo y Adrián se mezcló con ellos, quienes, misteriosamente, se agruparon
en un nudo hermético que rodaba cada vez más rápido por los pasillos, las aulas
y los patios, saqueando el orden establecido de la escuela. Adrián corrió
detrás del nudo sin perder el aliento, pero al verlo tan distante se detuvo en
el mismo umbral, cubrió los ojos y arrinconó su cabeza entre sus piernas arropadas.
Retornó por las mismas calles y
aceras, constatar que todo estaba igual lo tranquilizó: el pequeño árbol de
pino se tambaleaba con el viento del sur, la esquina amarilla conservaba la
misma sombra, los tejados vibraban, las canastas vacías aún mantenían el mismo
olor a pan fresco, el gato -que todas las mañanas le acompaña zigzagueante por
los techos- le esperaba sentado con los ojos redondos y el perro dormilón de la
tienda le bate la cola al sentir sus discretos pasos. Apresura su caminar hasta
llegar a la puerta de la sastrería, de donde sale una melodía subversiva,
detiene la respiración para permitir que ese ritmo alocado ingrese en él hasta
cubrir los vacíos de su espíritu. Adrián, como todos los mediodías, cierra los
ojos para dejarse seducir por el aliento de Piazzola.
Ya no es un extraño, no es un intruso… Adrián aprende
a volar.
Javier Calvo V.
3 de abril de 2023

Comentarios