Sostuvimos nuestras manos atemperadas, las piernas dobladas mantenían un extraño equilibrio que obligaba a la respiración a pausar su ritmo encanecido. Te encontré temblando debajo de la mesa; yo, escapaba del ruido; tú, ocultabas tus miedos. Te tomé de la mano, estaba fría, le di calor con mi acalorado abandono. Las miradas temblorosas se dibujaban en el contraluz del mantel azul. El pulso se detenía cada vez que las voces parecían acercarse y el machimbre rechinaba. El gato naranja aparecía de rato en rato, friccionaba su torso en la pata de la mesa y su cola respingada se movía vanidosa; en ese momento, tus labios se movieron traviesos y tus ojos rutilantes se achinaron tentados por el arrullo del michi. Se apagaron las luces, las voces, las risas; se perdieron las muecas y se marchó el sosiego. De la oscuridad brotaron hilos de luz, pinceladas brillantes desprendidas de las gélidas paredes. Tus dedos se enredaron con los míos, se hicieron nudo, se hicieron carne. A lo l...
Hace muchos años, Adrián ingresó a una pequeña escuela. Le prometieron que tendría amigos, que jugaría con ellos y que aprendería a leer, “ya no te quedarás prendido a las fotografías, leerás estos libros gordos que me acompañan desde la niñez”, le dijo su entusiasmado padre; Adrián lo escuchó sin demostrar interés alguno, su mirada estaba detenida en el gato que se acicalaba para dormir. Al cruzar la puerta, su madre lo dejó acurrucado en el umbral, se encogió como un gusano asustado, la bulla, los olores desconocidos, las altas ventanas y las preguntas lo acorralaban. Adrián se refugió en las imágenes que sostenía su mente: las fotografías del bosque, las canciones de su padre y la oscuridad de las sábanas. La escuela, ese espacio prometido de colores y juegos, para Adrián representó un peligro. Nadie hablaba con él, la profesora solo ordenaba qué hacer, le preguntaba con un lenguaje ajeno, al no entender qué -en realidad- quería la profesora, sus lágrimas brotaban como e...