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SILENCIOS

  Busco los espacios para encontrarte, decía la última nota que dejaste pegada en la pantalla del televisor. Una noche antes, mientras veía el noticiero, apagaste abruptamente el televisor sin consultarme, volteé la mirada hacia ti en señal de reproche, pero tú me ignoraste y más bien preferiste clavar los ojos en el cielo raso, no dije nada. Doble el cuerpo, me sumergí entre las sábanas como quien se acomoda para dormir; mas, el denso silencio que cubría tu respiración me obligó a preguntarte si estabas bien o si querías hablar; permaneciste callada y, al voltear mi cuerpo hacia ti, constaté que tu mirada ya no estaba en la habitación. Te observé por varios minutos, abracé tu brazo desnudo y helado, reconocí un ligero halo de aliento, besé tu mano cobriza y huesuda hasta quedarme dormido. Busco los espacios para encontrarte, decía la nota. Ahora te busco en el parque que bordea la ciudad, en el tarco de la plazuela que conserva pocas flores. Me detengo en la esquina donde su...
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MEMORIAS

  Sostuvimos nuestras manos atemperadas, las piernas dobladas mantenían un extraño equilibrio que obligaba a la respiración a pausar su ritmo encanecido. Te encontré temblando debajo de la mesa; yo, escapaba del ruido; tú, ocultabas tus miedos. Te tomé de la mano, estaba fría, le di calor con mi acalorado abandono. Las miradas temblorosas se dibujaban en el contraluz del mantel azul. El pulso se detenía cada vez que las voces parecían acercarse y el machimbre rechinaba. El gato naranja fisgoneaba de rato en rato, acariciaba su torso en la pata de la mesa y su cola respingada se movía vanidosa; en ese momento, tus labios jugaron traviesos y tus ojos rutilantes se achinaron tentados por el arrullo del michi. Se apagaron las luces, las voces, las risas; se perdieron las muecas y se marchó el sosiego. De la oscuridad brotaron hilos de luz, pinceladas brillantes desprendidas de las gélidas paredes. Tus dedos se enredaron con los míos, se hicieron nudo, se hicieron carne. A lo lejos, e...

Detrás del umbral

  Hace muchos años, Adrián ingresó a una pequeña escuela. Le prometieron que tendría amigos, que jugaría con ellos y que aprendería a leer, “ya no te quedarás prendido a las fotografías, leerás estos libros gordos que me acompañan desde la niñez”, le dijo su entusiasmado padre; Adrián lo escuchó sin demostrar interés alguno, su mirada estaba detenida en el gato que se acicalaba para dormir. Al cruzar la puerta, su madre lo dejó acurrucado en el umbral, se encogió como un gusano asustado, la bulla, los olores desconocidos, las altas ventanas y las preguntas lo acorralaban. Adrián se refugió en las imágenes que sostenía su mente: las fotografías del bosque, las canciones de su padre y la oscuridad de las sábanas. La escuela, ese espacio prometido de colores y juegos, para Adrián representó un peligro. Nadie hablaba con él, la profesora solo ordenaba qué hacer, le preguntaba con un lenguaje ajeno, al no entender qué -en realidad- quería la profesora, sus lágrimas brotaban como e...

Tu lunar

  Mientras tú hablas, veo el lunar que está pegado a tu labio superior; entonces, me pregunto cuántos olores guardará, que esconderá su memoria, ¿recordará los susurros, las risas y los llantos que dejaste salir, el ritmo intermitente de tu respiración, los pálidos besos, los extraviados besos? Tu lunar es diminuto, casi imperceptible. Alguna vez oí decir que tu madre lo reconoció cuando el gato lo lamía con persistencia e intentaba arrancarlo, empezaste a llorar y él salió corriendo, ella se acercó para ver si te hirió, en ese instante descubrió el pequeño lunar que parecía esconderse temeroso entre tus labios. Sigues hablando y yo tratando de reconocer la espesura de tu lunar, mi mirada es caprichosa e insiste en identificar señales que me cuenten de ti, de las aguas que bañan tus espasmos a medianoche, de la ventana que rechina y te levanta temblorosa. Te marchas, retorna el silencio... ¿tu lunar te contará de mi intrusa mirada?, ¿de mis retorcidas preguntas?, ¿la próxima vez qu...

1985

  Campamento Pailaviri Potosí. Foto: Javier Calvo   4 de marzo de 1985 Querida Lili: Son las seis de la tarde, acabo de llegar a la casa. Tranqué la puerta con la misma la piedra que trajiste una noche desde la plaza; aun así, el viento la intenta abrir. No sé de dónde ingresa la brisa helada que hace temblar el foco y a las ventanas reforzadas con plastoformo. Sabes, el silbido agudo del viento me recuerda al gato que cuando duerme en tu cuello, suspira como si expulsara ecos agónicos. Desde hace rato intento ordenar mis ideas para contarte lo que aquí sucede, pero no logro concentrarme porque la radio Pio XII, de rato en rato, interrumpe el programa de música romántica para informar sobre el desarrollo del ampliado del Sindicato de Trabajadores Mineros de Siglo XX, dicen que es inminente la huelga general indefinida para exigir el salario mínimo vital con escala móvil. Llegaron de La Paz los dirigentes de la COB para explicar a los trabajadores de Catavi y Siglo XX...

RESIGNIFICAR LA CULTURA Y LA IDENTIDAD AUTISTA

  Para mis hermanos autistas... Intenta salir el sol en esta tarde lluviosa. Recordar ha sido una afición, una disciplina, una profesión, un delirio jocoso. Guardo historias prohibidas, mutiladas, desmemoriadas. Siempre tuve fijación por los fragmentos que parecen esconderse en el lienzo de una pintura, en el relato histórico, en las imágenes que están fuera del cuadro fotográfico, en los versos que sobran en un poema, en el chirriar de las puertas y ventanas, en las comisuras desprendidas de los rostros, de las manos, de los pies. Cuando converso con alguien, detengo la mirada en sus labios gruesos y áridos, observo sus dedos chuecos, descifro el tono de su voz, el color de los gestos y la espesura del aliento. Prefiero sentarme en el pretil de la acera para observar la línea delgada que separa de la vía. Los árboles son como el universo, es fácil descubrir en ellos guaridas, bichos que pasean, hojas que no terminan de morir, flores eternas, pájaros presumidos y ramas que pa...

ROCÍO

  Sus manos están erosionadas. Manchas negras ondulan por sus huesos, dejan ver grietas extendidas; dedos temblorosos, uñas largas y gruesas. Así la encontré. Ella me enseñó a fumar, “como los machos debes hacerlo”, decía, ponía el cigarrillo en los labios, cerraba los ojos y aspiraba por largos segundos hasta que el último aliento abría un pequeño espacio en la boca de donde escapaba el humo gris, se elevaba una catarata desafiante a la gravedad. Las comisuras flexionadas mostraban una leve sonrisa. Rocío le decían sus amigos, pensé que así se llamaba; pero no, una noche -en una de las acostumbradas caminatas que solíamos hacer por la ciudad- me contó que sus padres la bautizaron como Cecilia; pero, como en la escuela muchas se llamaban así, decidió presentarse como Rocío. -¿Cómo el rocío de la mañana? le pregunté. -No, más bien como la Rocío de una película japonesa que vi cuando fui niña. Ella aprendió a tocar el violín después de reconocer que su mente tenía un modo par...