Busco los espacios para encontrarte, decía la última nota que dejaste pegada en la pantalla del televisor. Una noche antes, mientras veía el noticiero, apagaste abruptamente el televisor sin consultarme, volteé la mirada hacia ti en señal de reproche, pero tú me ignoraste y más bien preferiste clavar los ojos en el cielo raso, no dije nada. Doble el cuerpo, me sumergí entre las sábanas como quien se acomoda para dormir; mas, el denso silencio que cubría tu respiración me obligó a preguntarte si estabas bien o si querías hablar; permaneciste callada y, al voltear mi cuerpo hacia ti, constaté que tu mirada ya no estaba en la habitación. Te observé por varios minutos, abracé tu brazo desnudo y helado, reconocí un ligero halo de aliento, besé tu mano cobriza y huesuda hasta quedarme dormido. Busco los espacios para encontrarte, decía la nota. Ahora te busco en el parque que bordea la ciudad, en el tarco de la plazuela que conserva pocas flores. Me detengo en la esquina donde su...
Sostuvimos nuestras manos atemperadas, las piernas dobladas mantenían un extraño equilibrio que obligaba a la respiración a pausar su ritmo encanecido. Te encontré temblando debajo de la mesa; yo, escapaba del ruido; tú, ocultabas tus miedos. Te tomé de la mano, estaba fría, le di calor con mi acalorado abandono. Las miradas temblorosas se dibujaban en el contraluz del mantel azul. El pulso se detenía cada vez que las voces parecían acercarse y el machimbre rechinaba. El gato naranja fisgoneaba de rato en rato, acariciaba su torso en la pata de la mesa y su cola respingada se movía vanidosa; en ese momento, tus labios jugaron traviesos y tus ojos rutilantes se achinaron tentados por el arrullo del michi. Se apagaron las luces, las voces, las risas; se perdieron las muecas y se marchó el sosiego. De la oscuridad brotaron hilos de luz, pinceladas brillantes desprendidas de las gélidas paredes. Tus dedos se enredaron con los míos, se hicieron nudo, se hicieron carne. A lo lejos, e...