
Quién no se antoja el ají de fideo o las sopas de arroz con verduras que venden en las calles, muchos no nos animamos siquiera a preguntar el precio, por temor a que “alguien” nos vea merodeando por el lugar, pero su olor me ha hecho transpirar muchas veces.
Esa mañana me acerqué y pregunté qué tenía, miré alrededor y el miedo fue más fuerte que el antojo, me alejé con el sudor del picante y el recelo de los circunstanciales comensales.Extraído de la revista digital "Calles de color" editado por DERETIRO
Comentarios