Sostuvimos nuestras manos atemperadas, las piernas dobladas mantenían un extraño equilibrio que obligaba a la respiración a pausar su ritmo encanecido. Te encontré temblando debajo de la mesa; yo, escapaba del ruido; tú, ocultabas tus miedos. Te tomé de la mano, estaba fría, le di calor con mi acalorado abandono.
Las miradas temblorosas se dibujaban en el contraluz del mantel azul. El pulso se detenía cada vez que las voces parecían acercarse y el machimbre rechinaba. El gato naranja fisgoneaba de rato en rato, acariciaba su torso en la pata de la mesa y su cola respingada se movía vanidosa; en ese momento, tus labios jugaron traviesos y tus ojos rutilantes se achinaron tentados por el arrullo del michi.
Se apagaron las luces, las voces, las risas; se perdieron las muecas y se marchó el sosiego. De la oscuridad brotaron hilos de luz, pinceladas brillantes desprendidas de las gélidas paredes. Tus dedos se enredaron con los míos, se hicieron nudo, se hicieron carne. A lo lejos, escuchamos susurrar un viejo tango, la delgada voz se abrazaba desfallecida a los versos para Malena… Tus ojos son oscuros como el olvido/tus labios apretados como el rencor/tus manos dos palomas que sienten frío/tus venas tienen sangre de bandoneón.
Se desbarató tu miedo, se desmoronó la ausencia de nuestras manos. Te fuiste detrás de la delgada voz tanguera que le canta a un loco piantao por Arenales Salgamos a volar, querida mía; subite a mi ilusión super-sport, y vamos a correr por las cornisas ¡con una golondrina en el motor!
Me despiertan los murmullos que vienen detrás de la ventana, es imposible ordenarlos, colapsan en mi cerebro de río alborotado; intento, sin éxito, colocarlos en una fila para reconocerlos, se juntan como burbujas que acorralan a mi cordura somnolienta. La oscuridad de la habitación guarda un semblante azulado, las sombras de la cortina se ventilan y yo desespero por no descifrar qué dicen esas voces convulsivas; en eso, reconozco tu calor que se apoya en el espaldar de la cama, agachas la cabeza y me hablas bajito para no ser descubierta por las voces imprudentes, quedo inmóvil con la mirada en la ventana, mientras tú continúas hablando, me desespero para entenderte, quiero pararme, despejar a los de afuera y abrir espacios en mí para que ingresen tus palabras; no logro acomodar las voces para ponerte en primera fila. Tu cuerpo se contorsiona hacia mí, a fin de que nadie escuche lo que me dices, siento el espesor de tu fragancia, tu sombra se acerca ligeramente y reconozco su humedad que deja caer una pequeña gota que, al instante, se protege en el punto medio que une mis labios.
Me despierta la brisa helada que ingresa por la puerta entreabierta, el sol tenue de la madrugada se desliza por mi cama, se callaron las voces, el espacio que ocupaste en la noche ahora está frío, siento resbalar por mi labio a la pequeña gota ardorosa, a la que cuido para que no se extravíe entre las sábanas.
Como todas las mañanas, camino de prisa al trabajo por el mismo rincón de la vereda, me detengo en las esquinas congestionadas; donde alguna vez te vi cruzar... luego, esquivo a los autos zigzagueantes, entretanto retornas a mi memoria,
…te acuerdas, cuando apagábamos la tele y el silencio se hinchaba entre nosotros; recostados en la cama tendida, yo fingía dormir, tú me cantabas bajito al oído Oh gota de rocío no dejes de caer para que el amor mío siempre me quiera tener.
Javier Calvo Vásquez
Sucre, 10 de junio de 2026

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