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EL ICH’U DE POCOATA: HAY QUE TENER PELOTAS PARA ENTRAR AL CENTRO DE SUCRE


Sentado en el borde del muro descolorido, el Ich’u juega con el equilibro, sujetando su delgada voz en el charango a quien abraza como a una wawa de pecho. Las cuecas, los huayños y los bailecitos nos ayudaron a tragar a ese infame trago mezclado con Yupi. Él cantaba sin descansar con los ojos cerrados, y yo, a su lado, le pasaba de rato en rato el vaso desportillado lleno de alcohol.



Luego de 20 años me encontré con José Luis Santander, el I’chu, caminaba despacio por la calle Arenales rumbo a la Plaza 25 de Mayo y en medio del acostumbrado “¿cómo te va?” le comenté que lo vi en la televisión cantando y zapateando en un programa dominguero, así es, dijo José Luis, como hasta ese día creí que se llamaba. Con cierta seguridad, mencionó que hace siete años decidió vivir de la música y aseguró que no hará otra cosa en adelante.

Quedé sorprendido, y porque no admitirlo, forrado por una profunda envidia, para compensar ese sentimiento le propuse entrevistarle, de esa manera saber cómo es esa historia de vivir de la música.

Quedamos en encontrarnos al día siguiente a las seis y media en la Plaza 25 de Mayo. Felizmente ese día no llovió y caminé despacio desde mi trabajo repasando mentalmente las preguntas y el rumbo que pretendía dar a la nota. En el centro de la plaza José Luis estiraba el brazo y la mirada mientras sostenía el celular con la otra mano.


Antes de iniciar la entrevista afirmó con cierto orgullo ser de Pocoata, un cantón de la provincia Chayanta en el departamento de Potosí. Hijo de artistas, como resaltó en muchas oportunidades. Su mamá de Chayanta cantaba los huayños al compás del charango pocoateño de su padre. En ese escenario creció junto a los charangos, quenas y guitarras, pero sobre todo, cerca del huayño.

I’chu no solo es un nombre artístico, es el título que construyó su identidad. Recuerda que en la década del 70, cuando aún era niño, en Pocoata no había energía eléctrica ni peluqueros, un día cansado de ver cómo el cabello le crecía sin norte alguno, tomó una tijera y cortó su larga melena siguiendo la ruta de la circunferencia que marcaba las cejas, quedó algo así como un cerquillo prolongado, sus mechas -como suele llamarlas- caían tiesas desde el centro de la coronilla, “solo el viento podía desordenarlas” se ríe el Ich’u. Con esa pinta fue relativamente sencillo darle el nombre de “Ich’u wasi” (casa de paja).

Cuando conocí a Ich’u -durante los primeros años del 90- se presentaba como José Luis Santander, mas sus amigos íntimos le decían en tono de burla Juselino, pensé por entonces que se trataba de una broma y con esa idea me quedé hasta el día de la entrevista cuando me aseguró que su verdadero nombre es Juzelinho Santander Gamón, su abuelo le puso ese nombre en recuerdo de un viejo presidente de Brasil. 

Llegó a Sucre cuando tenía nueve años, su hermana le inscribió en el colegio Junín y como a todo nuevo estudiante la profesora le pidió que se ponga de pie y diga su nombre:

-Soy Juzelinho Santander,

¿Cómo?, replicó la profesora y ordenó que escriba en la pizarra su nombre, él así lo hizo, pero la maestra gritó en tono de burla que ese alumno ni siquiera era capaz de escribir su nombre. Retornó a su casa decidido a no volver jamás a ese colegio, en ese momento su hermana le propuso cambiar el nombre de Juzelinho a José Luis, así salió bachiller, ingresó al servicio miliar, a la Universidad de San Francisco Xavier y a la Normal de Maestros.

Si bien abandonó su nombre, nunca dejó al charango ni al huayño, por eso -a su retorno de Pocoata- traía nuevas canciones con las que hacía zapatear a sus amigos de Sucre hasta hacerles “sudar” la espalda. A mediados del 2008 un día resolvió dejar de ser José Luis o Juzelinho y dijo: desde ahora seré “Ich’u de Pocoata”; de ese modo se presenta en las radios, en las fiestas y conciertos junto a su guitarrero y a las dos bailarinas que semana tras semana cambian el pantalón por la pollerita corta.



“Sabes hermano, en mi pueblo ya nadie tocaba charango y muy pocas se ponían pollera, esa situación me empujó a decidir por la música, existen tantas canciones que si no se las difunden se perderán con los años”.

Muchas de las canciones que interpreta son de su composición, otras fueron rescatadas de los carnavales, de las fiestas patronales, de Semana Santa, Todos Santos y de la Navidad. Poco a poco logró ser reconocido y aplaudido siendo en la actualidad muy popular en El espejito, El torito, El arquito y Doña francisca, locales donde circula y se reproduce el huayño y el tinkuy, el Ich’u resalta que ahí se divierten los provincianos, “los migrantes con jean y ojotas”.

El Ich’u desvela que desde hace algunos años el estilo que se impone entre todos los huayñeros es el huayño-cumbia, donde no solo se incorporan nuevos instrumentos como el saxo, la quena e incluso la batería, la letra de las canciones es otro elemento diferenciador porque describe a los bares, a los micros, al taller mecánico, a todos los escenarios donde cohabita el migrante de las provincias. A esta hibridación musical el Ich’u añade el singular “punteo pocoateño”.

Hasta hoy grabó cuatro discos, pero -como subraya- no vive de su venta porque la disquera es la única favorecida ya que el artista cancela por la grabación seis mil bolivianos y seis bolivianos por cada disco impreso, “en mi caso, solo vivo de los contratos”. Sin embargo, desde hace algunos meses, Juzelinho vende personalmente sus discos enfrentando a la piratería que comercia en tres, cuatro y cinco bolivianos.

Juzelinho, más conocido como Ich’u de Pocoata, asegura que un día logrará la fama de los Kjarkas, pero sabe antes que debe bajar de las laderas y asentar su música en el centro de Sucre.

“Te apuesto que un día me presentaré en la Plaza 25 de Mayo y haré gustar mi música, lo que pasa Javier es que hay que tener pelotas para ingresar al centro, es la única forma para que te conozcan y aprecien tu música”.

Si algo también caracteriza al Ich’u es su osadía, siempre le gustó desafiar a la normalidad y a la quietud del río, por eso hoy está empeñado en enfrentar a la cotidianidad sucrense presentando su quinto disco en el Teatro Gran Mariscal, ahí quiere ver a su público zapateando en las butacas y jaleando hasta dislocar las muñecas, sueña que el huayño pocoateño se apropie del gran teatro, de sus pasillos y de sus duendes.



Juzelinho siempre fue un borracho responsable y respetuoso… todo un caballero, decían las mujeres, por eso que al comenzar las farras entre amigos, él cantaba de acuerdo al gusto de la concurrencia; las cuecas, los bailecitos, las románticas de Ricardo Arjona y Leodán, pero cuando la fiesta culminaba y cada cual trastabillaba en ese cuarto de cuatro por cuatro, el Ich’u cantaba para sí sus románticos huayños, el aliento del trago barato, el cerrar de sus ojos y la agonía de su voz desconsolada repetía el mismo verso:

Estoy sufriendo me duele el alma

Es tan penosa mi situación

Quiéreme siempre 

No soy tan malo

Sin ti mi vida ¿qué va a ser?

Se ha terminado, triste el ayer...




Javier Calvo Vásquez
Sucre, diciembre de 2015






Nota. Las fotografías son de propiedad del Ich'u extraídas de su página de facebbok.

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