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IDENTIDADES URBANAS TEÑIDAS DE SANGRE


Como es costumbre en Bolivia, semana tras semana, en el escenario público se imponen temas que de cuando en cuando dan vueltas por la opinión de los ciudadanos, es lo que comúnmente se denomina en la terminología periodística “Marcar agenda”. Durante las dos últimas semanas nuevamente el tema de la seguridad ciudadana ha sonando al unísono en todos los titulares de la prensa nacional. Se reactivó la temática con la muerte de dos periodistas de El Alto, lo que generó una cadena de protestas, a este hecho se sumaron otros como la fuga de un sicario brasileño a plena luz del día y como si fuera el cherry en la torta, los comunarios de Quila Quila linchan a dos supuestos delincuentes.

Es harto conocido, que este tipo de casos y seguidilla de delitos conmocionan a la población, lo que genera la reacción espontánea e inmediata que pide la pena de muerte, entonces vuelve el debate donde intervienen políticos, todos los políticos, abogados, psicólogos, arrenderos, micristas, comerciantes, verduleras, ginecólogos y por su puesto toda la gama de opinadores que con micrófono en mano salen a las calles a preguntar cosas obvias ¿está de acuerdo con la pena de muerte? Al ser la mayoría de la población que demanda esta medida, el periodista concluye en ese sentido que al ser el pueblo quien pide, las autoridades deberían escuchar al famoso “soberano”.

Hace algunas semanas llegó de México D.F. un amigo y con él comentábamos en uno los asientos de la plaza 25 de mayo, lo que a diario escuchamos en los medios de comunicación; como primera conclusión decíamos que una de las causas para la masificación del delito-en todo el mundo- es que muchas personas ya no encuentran distancias entre la vida y la muerte ya que han perdido la sensibilidad al dolor del otro y de sí mismo. Fuimos más allá, ampliamos la anterior afirmación diciendo que además la gente aprendió a vivir así, en otras palabras, y siguiendo la lógica del darwinismo social, se adaptó al ambiente. Algo similar sucede cuando el médico señala al paciente que tiene que acostumbrarse a vivir con cierta patología, a cambio le entrega una caja de remedios para apaciguar la enfermedad, luego le manda a retornar a casa. Y así es, lo que hace algunos años veíamos con estupor, hoy apenas nos saca una mueca, no, no de sorpresa, sino de rabia, se prende en nosotros la sed de venganza, por lo que no nos falta ganas de limpiar el máuser que dejó el abuelo y apuntar a quien ose mirarnos feo.

Él (mi amigo) contaba que en México es normal, lo que para aquí aún es noticia, la violencia es extrema decía, los tiroteos en los parques, los secuestros, la justicia por mano propia (justicia comunitaria en Bolivia), toda esa realidad ha moldeado la personalidad de los individuos y ha creado autodefensas y blindajes logrando que la sociedad sea más fuerte y esa fortaleza también –entre otra cosas- le ha permitido construir una identidad. La gente en México -indica mi amigo- admite que esa es la vida que le ha toca vivir y así como el cuerpo asume sus defensas ante diversas patologías, las sociedades también crean todo un sistema de defensa: ser menos ingenuo, dudar y sospechar de todos, ser menos sensible a la muerte, en fin, la sociedad ha creado ciudadanos “fuertes”. Ahora comprendo porque las poblaciones de La Paz, El Alto, Cochabamba y Santa Cruz están “más capacitadas” para adaptarse a un clima de terror permanente, que los habitantes –por ejemplo- de Sucre, que aún se impactan por el asesinato pasional, la violación de niñas o el atraco por un celular.

Si bien las sociedades de ciudades grandes son más fuertes ante el dolor, la criminalidad también es más radical, mientras en Sucre los asesinatos generalmente se realizan con cuchillo (arma punzo cortante como acostumbran a llamar los periodistas), en Santa Cruz los asesinatos se da con pistola en mano o armas de alto calibre, atracan a la luz del día y el miedo de los delincuentes ha roto la muralla de la noche y hoy prefieren trabajar en horario de oficina.

Por todas estas afirmaciones, entre mi amigo y yo, pensamos que la solución al problema, más allá de las reiteradas letanías que le echan la culpa a la pobreza, la educación y no sé cuantas vainas más, pasa primero en identificar las distintas características del delito en Bolivia, luego estudiar sus causas y luego ejecutar políticas públicas que ataquen precisamente a ellas, estas medidas si bien no erradicarán la violencia y delincuencia (no hay país en el mundo donde hayan alcanzado dicho ideal), lograrán de alguna manera detener la rapidez con la que avanza en su proceso de masificación y legitimación de la violencia y criminalidad. Por supuesto que esta política pública no puede encontrar su life motive en la lucha contra el consumo del alcohol, que si bien está asociada, es harina de otro costal.

Pero lo que también está claro es que la población quiere una solución ¡ya!, porque está consciente que retornar con vida a casa puede ser -en muchas casos- cuestión de suerte ¿qué hacer?, la pena de muerte siempre ha sido la solución más fácil, la más cómoda y la que políticamente conviene a los gobernantes, pero Bolivia no está preparada para asumir esta medida, porque la policía, la fiscalía y el poder judicial son instituciones corruptas e ineficientes, por lo tanto se presentarían dos alternativas: nunca se aplicaría esa medida por falta de investigación concluyente o muchos inocentes serían condenados a muerte.

En este tema no hay luz al frente, sólo una espesa negrura que nos obliga a asimilar la violencia como parte de la cultura urbana, de nuestra identidad como sociedad contemporánea con quien debemos a aprender a vivir. La tierra prometida no existe, el vivir bien tampoco.

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