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MAÑANA DE ENERO


Programamos con mi hijo y mi sobrino, ir por algunos barrios "altos” de Sucre a sacar fotografías, la mañana de sábado se prestaba para eso, la luz, el calor, y es cierto, no tener nada más que hacer. Estábamos en el centro de la vieja ciudad esperando al micro que nos lleve lejos, lo más lejos posible, en eso nos encontramos con un perro que desde la otra vereda ladraba afanoso, los delicados transeúntes preferían bajar de la acera y esquivando apuraban el paso.

Mi hijo se detuvo y dijo

-Mira pa', está cuidando a ese señor

Donde cae el sol de frente estaba recostado y el perro levantaba la basura que el viento arrastraba y se posaba en el cuerpo de su amigo, parecía jugar porque sus brincos y ladridos dibujaban una escena circense.

Los adolescentes observaban como no queriendo mirar con un tímido miedo, incluso puedo asegurar que sus ojos sólo estaban clavados en la actitud del perro, con cariño veían y sonreían a quien sólo pretendía alejarlos.

Cuando la calle mostró su silencio él se recostó a lado del amigo, los dos como agarrándose de la mano hicieron de ese momento, la pausa para seguir soñando.
Javier Calvo

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