Un día preferí caminar luego de estar sentado dos horas en un velorio, tenía la geta estirada porque no pude sacar un plano general a la familia doliente. Subí una larga avenida acurrucado en las paredes y con la mirada en aquella zigzagueante acera, de pronto me empujaban los bocinazos y el rugir de las motos, pretendí escapar y subí por una calle que se elevaba por encima de aquella avenida de donde surgían matorrales y pequeños árboles que aún pretendían ser, en ese momento mis ojos se quedaron con un pedazo de cielo donde un par de viejas ramas permitieron que el viento marque el compás y así emular a las bailarinas de salón.
Hace muchos años, Adrián ingresó a una pequeña escuela. Le prometieron que tendría amigos, que jugaría con ellos y que aprendería a leer, “ya no te quedarás prendido a las fotografías, leerás estos libros gordos que me acompañan desde la niñez”, le dijo su entusiasmado padre; Adrián lo escuchó sin demostrar interés alguno, su mirada estaba detenida en el gato que se acicalaba para dormir. Al cruzar la puerta, su madre lo dejó acurrucado en el umbral, se encogió como un gusano asustado, la bulla, los olores desconocidos, las altas ventanas y las preguntas lo acorralaban. Adrián se refugió en las imágenes que sostenía su mente: las fotografías del bosque, las canciones de su padre y la oscuridad de las sábanas. La escuela, ese espacio prometido de colores y juegos, para Adrián representó un peligro. Nadie hablaba con él, la profesora solo ordenaba qué hacer, le preguntaba con un lenguaje ajeno, al no entender qué -en realidad- quería la profesora, sus lágrimas brotaban como e...


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