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Una reducida aproximación: UN BUEN MORIR (TEATRO DE LOS ANDES)


Foto gentileza Correo del Sur

Es peligroso ocuparse de la muerte porque al final terminamos hablando de la vida.

La última obra del Teatro de los Andes, “Un buen morir”, se afana en describir, en distintos tiempos, los últimos minutos de una mujer que voluntariamente decide morir para no dejar en el abandono a su pareja. La obra en su construcción es un poema que se hace carne en los diálogos, la música, la escenografía y las luces, o sea, la puesta en escena es un poema.

Dos personajes se enfrentan para hacer de su relato un caos, a veces poco entendible y comprensible, mas, de su desesperación, surge la deconstrucción de memorias que les lleva necesariamente a preguntarse por qué están juntos.

Los poemas de Alex Ayllón remozan la identidad del Teatro de los Andes porque además de ayudar a plantearse nuevas emergencias, le facilita despedirse de los amigos, esto es elucubrar historias que se enfrenten a sí mismas. Es un nuevo tiempo donde aún huele el muerto, un tiempo que no puede despedirse, que le molesta decir adiós. De esto también nos habla Un buen morir. 

No es la primera vez que el Teatro de los Andes trata el tema de la muerte, ya lo hizo en 1994 en “Solo los giles mueren de amor” (Monólogo de César Bríe), en esa oportunidad el poema es el principal recurso para dar vida a quien está muerto. Desde entonces, (para el Teatro de los Andes) hablar de la muerte representa hacer un culto a la vida: el pasado, el estar aquí y la ingratitud del futuro (como diría Joaquín Sabina).

Son siete u ocho escenas muy bien definidas que en su vinculación hacen el big bang que lleva a cuestionar ¿cómo uno quiere y puede vivir? ¿Cómo uno quiere y puede morir? La obra pone al descubierto los dilemas de la libertad, entre ellos, el derecho a vivir y a morir como uno quiere. En tanto, la sociedad y sus instituciones apelan a vivir por vivir, los protagonistas de Un buen morir retan al miedo a vivir y morir solos. Con ese ánimo, antes que otros decidan por ellos, deciden escapar juntos de este mundo envueltos en un sueño interminable. De alguna manera el relato delinea el temor al sufrimiento y a la finitud del amor.

La actuación de Gonzalo Calles (Eusebio) y Alice Guimaraes (Amparo) es impecable, porque logran persuadir sobre la impermanencia a partir de la tasa de café, la lluvia, el beso, el amanecer, la tierra…, así entendida la vida, la muerte es natural y debe ser acogida voluntariamente (cuando se pueda). 

No puedo terminar este pequeño comentario, si no me refiero a la música compuesta por Lucas Achirico, que acompaña el relato y se transforma en una envoltura que empuja a los actores y al público por emociones que, por momentos, superan o contradicen al guion. Al final, la música, presenta un cúmulo de aires que transita por la guitarra de Alfredo Domínguez y la psicodelia floydiana.

Toda obra se enfrenta a la distracción y no es la excepción para Un buen morir, desafió a los celulares, a la bulla de movilidades, a los inoportunos gritos que transitaban por la calle Arenales y alguna que otra papa frita que se demoró en ser tragada.


Javier Calvo Vásquez

21 de septiembre de 2018






Foto: Gentileza Correo del Sur

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