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EL PRESIDENTE FULERO Y EL ROBO DE LA REVOLUCIÓN






No existe la menor duda entre los bolivianos que Evo, no conforme con desoír la decisión del #21F, hizo trampa para ganar las elecciones #2010. Cansados de estas y otras tantas cochinadas vistas con paciencia y estoicismo puesta a toda prueba durante los últimos 13 años y nueve meses, la gente sale a las calles a protestar y exigir nuevas elecciones en su derecho legítimo de pretender tener representantes probos y medianamente honestos. Ante esto, el evismo lanza proezas discursivas que caen en el cinismo y en la mitomanía que, en vez de calmar las aguas, atizan las llamas de la insurrección pacífica encolerizada. 

Entonces, lo que vimos el 10 de noviembre, es que el tramposo al verse descubierto sus más íntimos cómplices comienzan a pedirle que salga despacio y cierre la puerta. Como en el juego de cartas, los pillos escapan queditos antes que todos se enteren que los estuvo robando y lo agarren a patadas. Evo hizo eso, escapó como cualquier vulgar tramposo estafador. 

Somos tan ingenuos que creímos que todo había terminado ese día y sin esperar el fin de las agónicas palabras de Evo comenzamos a festejar desde las cuatro de la tarde de ese nublado 10 de noviembre, bandera en mano y con la sonrisa a flor de piel nos sentíamos recompensados ante el sacrificio de 21 días de marchas, bloqueos, vigilias, cabildos e interminables caminatas. Mientras festejábamos y se nos hacía agua la boca al imaginar unas frías a los pies del Mariscal de Ayacucho, miles se enlistaban en El Alto y en Cochabamba para su ingreso furibundo al grito de ¡GUERRA CIVIL!! 

Intentaron destruir todo lo que encontraban a su paso, al son del titiritar de mis hermanos paceños. Carajo hay que estar en sus zapatos para entender esos momentos de zozobra, porque sentir miedo no es de cobardes, es la espeluznante sensación de que unos hijos de puta pueden matarte sin el menor pudor o vergüenza. Agazapados detrás de las puertas, esa noche la gran mayoría no durmió, apagó las luces, colocó frazadas en las ventanas y esperó en absoluto silencio, a más de centenas de vecinos que hicieron de las esquinas valientes trincheras. Se sabía que muchas casas y negocios fueron quemados, que los pumakataris ardían, al igual que los puestos policiales. En esas circunstancias, los policías –sin decirlo aún- sabían que fueron rebasados por los beligerantes que no creían ni aceptaban que su mentor y protector haya escapado, ya que antes de huir (como todo estafador) los convenció que se iba en contra de su voluntad: “Es un golpe de Estado, hermanos, de la derecha reaccionaria”, dijo al mundo el fulero presidente. 

Días antes un imitador de pastor evangélico y presidente cívico, macho Camacho, se hace llamar, pide la renuncia de Evo ante la sorpresa de todos. Con la carta redactada viaja a la hoyada y promete no volver si no es con la renuncia del primer mandatario, además de jurar a los pies del Cristo que la biblia volverá al palacio quemado, cual cruzado que lucha contra los moros. Este anuncio representó para el Evo y sus compinches -pepita para el loro- la oportunidad de convencer a sus huestes que la movilización encubría el famoso golpe de Estado. 

A partir de entonces las marchas ya no gritan ¡Nuevas elecciones! ante la pregunta ¿Qué queremos? Las oraciones se unen al estribillo y todos, a su modo, exigen la renuncia del presidente, a sabiendas que previamente correría mucha sangre en las calles, en las montañas y lo valles porque está claro que esta renuncia no se parece en absoluto a la de Goni. Entretanto, todos gritamos ¡Ya caerá, ya caerá! la derecha reaccionaria y los evistas sacan filo a la bayoneta. 

Como todo tramposo, luego de escapar de la casa de juegos se reúne con sus compadres y empieza a tirar piedras a las ventanas y suplicar a los vecinos que lo ayuden porque al pobrecito lo botaron sin ningún motivo, los jugadores salen a la puerta a explicar las razones del porqué lo echaron al mal jugador, pero nadie les cree. Hoy, a los bolivianos nos pasa lo mismo, como dice Rafo Archondo, somos como la niña violada a la que nadie cree. 

Queremos que nos crean que un infeliz nos robó el voto en dos oportunidades, queremos que nos crean que queremos una nueva elección donde no participen tramposos conocidos ni árbitros vendidos, por eso hicimos las pititas y gritamos hasta el cansancio ¡NO TENEMOS MIEDO CARAJO! sin disparar una sola bala estuvimos a punto de traerlo a nuestro espacio y forzarlo a llamar a nuevas elecciones y sin él como candidato. Qué felices hubiéramos sido ahora… Al imaginar ese momento me dan ganas de chupar. Pero no, no fue así. Pedir la renuncia fue jugar con un cuchillo de doble filo y apostar al desastre como solución. Lo sabíamos pero no lo podíamos decir porque era muy probable que en las redes nos digan masistas cabrones. Era más importante en ese momento mantener la fama de luchador inclaudicable que pretender mostrar signos de cordura. 

Hoy estamos en el campo donde mejor juega el MAS, la polarización impuesta, forzada: indios versus k’aras, la tricolor versus la wiphala, campo Versus ciudad. Ovejas versus perros. Vivimos cercados por el fundamentalismo sordo y psicópata. En tanto la derecha reaccionaria que se hizo del poder por azares de la vida y por las bendiciones del tata Camacho juega al perseguidor de terroristas sin dar freno a su acomplejada lengua, Evo atiza desde el norte y aquí muchos ayudan para que su soplido no se extinga. Los lineras, quintanas y romeros desde el bunker de alguna rata distribuyen armas y billetes imbuidos de hacer de Bolivia una Vietnam y ensalzar luego en lo alto de la casa del pueblo la teocracia evista. 

Ahora todo está claro, nos robaron la revolución de octubre, la de las pititas, los zancos, los petardos y los cascos amarillos que estuvieron a un paso de obligar a jugar limpio al viejo tramposo. Mientras escribía este texto vino a mí una vieja canción de Piero que la cantamos en la adolescencia…

Somos territorio de violencia/mi pueblo habla, mi pueblo grita. Basta de muerte basta, basta. Basta de morir, morir, morir... Que se vayan ellos, los que no dejaron nacer y vivir. 

Javier Calvo Vásquez
Noviembre del año 2019

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