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MALENA

 


Hasta entonces nunca salió sola de su casa.

Las pocas imágenes que retenía evocaban calles pardas, el viento del ocaso que encapsulaba al sol y que en su paso levantaba tejas, retumbaba en las ventanas, extinguiéndose en el gélido cielo.

En las tardes, cuando sus padres y hermanos hacían la siesta, salía al jardín y confundida en el rosal, veía el silencio de la calzada por donde trajinaban sombras que se desprendían de la polvareda en franco desdén por el tiempo que inadvertido se agotaba.

Como era costumbre en su familia, los hijos se entrenaban para salir solos a la ciudad comprando pan, galletas, helados, jabón o soda en la tienda de la esquina, por lo general les mandaban con el dinero exacto para no pedir el cambio. Lo mismo sucedió con Malena, su madre le dio 10 pesos con el que debía comprar jabón de lavar ropa, recomendándole además no hablar con nadie, no bajar de la acera y cuidarse de los perros “que, si se los teme, muerden", -decía en tono de advertencia sobre los peligros que podía encontrar-. Por primera vez en sus cinco años de vida, en una tarde de junio sus pies se posaron en la calle sin tener que sostener la mano de sus padres o hermanos mayores ni escuchar las instrucciones de cómo caminar o a quien saludar. Emuló los pasos de Neil Armstrong en su visita a la luna, tal cual se veían en las fotografías pegadas en las paredes de su cuarto, se sintió flotar entre los postes y cables de luz, tocó con la punta de los dedos el espesor de los árboles, contempló por varios minutos el brillo extendido de las ventanas, se puso a escuchar detrás de las puertas, observó a los gatos que dormían en los tejados quienes -al sentirse descubiertos- se levantaron con desgano, jugó a la equilibrista en el pretil con los ojos cerrados y los brazos extendidos; con todo, sabía que era una desconocida para los gatos, una extraña para los niños que juegan fútbol en mitad de la calle, sabía que ese territorio era de los perros que pelean con los intrusos, orinan en las puertas y duermen frente al sol de la mañana.

Se acercó a la tienda luego de varios intentos por vencer el miedo, su entrecortada voz pidió a una señora que dormía en un banquito de madera, que le venda jabón de lavar ropa color verde. Mientras la vendedora hacía un esfuerzo para reincorporarse, las lágrimas de la niña se derramaron por su flemático rostro, entonces quiso correr y esconderse debajo de su cama, como lo hacía cada vez que se rendía ante las voces extrañas, ante el ruido desordenado. La señora sacó de una caja de cartón el jabón de tamaño rectangular, similar al que usaba la mamá de Malena para lavar ropa que sumergía en la batea carcomida en entretanto refregaba los puños y cuellos de las camisas. Con el producto le entregó dos pesos de cambio, la niña agradeció como encargó su abuela. Las lágrimas cuajadas en sus mejillas, descubrían grietas de sangre carbonizada. Volteó la mirada a su casa sin mover el cuerpo, bruscamente se dio la vuelta y vio a lo lejos avenidas ramificadas en el horizonte, al frente estaban las quebradas y los cerros que parecían vivir en las nubes. Se preguntó ¿Qué podría haber del otro lado de las montañas? ¿Otra ciudad? ¿Otras personas? ¿Otras lluvias? ¿Otros olores?

En ese tiempo, el insomnio le ayudó a planificar el modo de escabullirse por los callejones hasta alcanzar al camión que la llevaría a cualquier sitio. Se dijo que había llegado el momento de partir, estaba frente a la oportunidad más cotizada en su corta vida. Avanzó por la inclinada vía rumbo al pico más alto de las montañas, pero la fuerza de sus pasos se dejó nublar con la imagen del cinturón con el que su padre la fruncía cada vez que no quería hablar, cada vez que su terquedad la acurrucaba en un rincón de la habitación. Llegaron a ella las historias que contaba su tía sobre los niños que se escapan, “los llevan al orfanato y los encierran en el calabozo" -decía en tono de un muy bien merecido-, mas, sus ojos aún estaban prófugos en los cerros, los labios formaban una sonrisa desconocida y el corazón corría descarriado detrás de los nubarrones viajeros. Los gatos la atisbaban desde el filo de las tejas enmohecidas estirando sus curiosos cuellos al acecho.

Un impulso misterioso la obligó a dar vuelta, y como si se tratara de un sueño interrumpido, se descubrió en la puerta del jardín, sentada en la patilla junto al húmedo jabón que se resbalaba de los dedos. Su viaje sin retorno se disipó con la afónica sirena de una patrulla detenida en mitad de la calle. En el centro del patio su madre la esperaba para refregar la ropa con el jabón verde.

Javier Calvo Vásquez

26 de noviembre de 2021

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