Busco los espacios para encontrarte, decía la última nota que dejaste pegada en la pantalla del televisor.
Una noche antes, mientras veía el noticiero, apagaste abruptamente el
televisor sin consultarme, volteé la mirada hacia ti en señal de reproche, pero
tú me ignoraste y más bien preferiste clavar los ojos en el cielo raso, no dije
nada. Doble el cuerpo, me sumergí entre las sábanas como quien se acomoda para
dormir; mas, el denso silencio que cubría tu respiración me obligó a
preguntarte si estabas bien o si querías hablar; permaneciste callada y, al
voltear mi cuerpo hacia ti, constaté que tu mirada ya no estaba en la
habitación.
Te observé por varios minutos, abracé tu brazo desnudo y helado, reconocí
un ligero halo de aliento, besé tu mano cobriza y huesuda hasta quedarme
dormido.
Busco los espacios para encontrarte, decía la nota. Ahora te busco en el
parque que bordea la ciudad, en el tarco de la plazuela
que conserva pocas flores. Me detengo en la esquina donde sueles comprar
mandarinas, recorro las calles por donde vas de la casa al trabajo, del trabajo
a la casa… me animo a preguntar por ti a los estudiantes que descansan en los
parques, a los amantes que se
desnudan en la orilla del río, pregunto al boletero del cine y al viejo taxista que todas las mañanas estaciona su auto al frente de la
casa. Nadie te reconoce.
Ya no prendo el televisor, me recuesto en tu rincón junto a nuestra pequeña
perrita, al lado de nuestro inquieto gato que observa de rato en rato a la
puerta entreabierta. Aprisiono la mirada en la tasa de té que dejaste y disputo
la cama con el insomnio que sueña desvelado.
Imagino que tú también me buscas en las fotografías pegadas por toda la casa,
en las migas de pan dispersas entre las páginas de mis libros, en las
abarrotadas cenizas de cigarrillo, en los discos de Silvio Rodríguez, en mis
zapatos sucios y en los lentes avejentados.
Con el amanecer retorna mi vieja rutina, abro las cortinas, enciendo el
televisor, salgo a la calle con el perro, doy de comer al gato, tomo café con
tostadas en tanto leo algún cuento, ordeno frente al espejo los pocos cabellos
blancos y, antes de salir, me despido del perro y del gato con un beso en sus
cabezas.
Camino por las mismas calles que conducen
al trabajo, me encuentro con los mismos niños que corren al colegio y con la
muchacha que me saluda como si me conociera. Me pongo los audífonos para que me acompañe la canción que tú elegiste, me hiciste prometer que siempre la debía escuchar antes de llegar
a la oficina.
Me gustas cuando callas y estás como distante. Y
estás como quejándote, mariposa en arrullo. Y me oyes desde lejos y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.
Javier Calvo Vásquez
15 de julio de 2026

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