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AVIDEZ

La avidez frenó a las palabras, empujó al camino y a los rieles pero no me enseñó a flotar. La avidez provocó que las lágrimas lleven tu nombre y confundió al sudor que encerrado estaba en mí. Esta avidez impuso el pasado y el futuro, es la que se afana en marcar el tiempo y entristecer tras su partida.

DEL OTRO LADO

Tu caminar presuroso y el gélido aliento empañaron a mis ojos Mas tu mirar se quedó en mí. Fue entonces que cerramos la puerta mientras entraban las canciones junto a las risas, el desenfreno, el deseo y la mentira. Recuerdas, el tiempo solo asomaba por la ventana viendo a los dos inventar escusas así   olvidar a las persianas. Ahora, estamos del otro lado allá, la respiración mutó en ausencia y la risa en silencio.

FALDAS RESBALADIZAS Y BLUSAS REVENTADAS

Seguí sus pasos que recorrían la habitación. Se detuvo frente al espejo para acariciar sus manos con un protector, a tiempo de esforzarse para detener a la falda que resbalaba entre sus muslos. Me miró mientras el botón de la blusa quería reventar. Se sentó al borde de la cama y revisó el celular. Se paró y de una patada mandó a un rincón del cuarto a mis queridos zapatos cafés.  Me miró, se acercó y la palma de sus manos rosaron mis labios. Estiró la falda una vez más y dejó la puerta abierta.

AL FINAL DEL SHOW

Volveré a caer en esta sábana que mañana será mixtura envueltos estarán el desvelo y sus gemidos, los mudos espejos y el eco de aquel silbido que pintó la puerta equivocada. ya no queda mi piel cada vez el dolor está más allá El momento se hace nada ¿Te acuerdas cuando dabas vueltas alrededor para completar el final del show?

ADIÓS QUERIDO PUCHO

Terminé de fumar, desde entonces la sombra y yo permanecemos libres.  Una tarde de esas dije:  -Ha llegado el momento, ahora tiene que ser. Entré a la ducha cuando el sol tocaba fondo y yo titiritando sacudí la abundante caballera que tenía por entonces, me puse una chamarra azul y como quien se alista para una gran celebración, pedí permiso a mis padres para salir. Sin más valentía que los cinco pesos que me regalaron, compré ocho cigarrillos y una caja de fósforos con la que encendí el primer L&M. Fue en abril de 1984 que convoqué al pucho como a mi único amigo, confidente y cómplice. Desde ese tiempo fueron pocos los días en que dejé de fumar, solo lo hacía cuando tenía una resaca terrible, porque ni la fiebre reumática, la neuralgia, ni la caprichosa tos, menos la distrofia muscular o la gastritis lograron alejarme de él. Con los años el cigarrillo fue parte imprescindible de mi vida, no tenía sentido ir al baño sin él, ni tomar café o be...